jueves, 9 de diciembre de 2010

El perdón de Alhamar, el Nazarí

Un cronista árabe, que vivió durante algún tiempo en la hermosa ciudad de Granada, dejó un manuscrito que atestigua el carácter magnánimo de Ibn Alhamar ("El hijo del Rojo" o "El hijo del Bermejo"), cuyo nombre completo era Muhammad ben Yusuf ben Nasr, el Nazarí, rey de Granada (1195 - 1273).
"En aquel mundo -escribe el cronista- vivían en admirable concordia los poetas y los historiadores, los filósofos y los artistas. Todos ellos me recibieron con la sonrisa en los labios y la amistad en el corazón, compitiendo en fraternidad y en el deseo de prestarme sus gratos servicios, y expresando que habían adivinado el objeto de mi visita.
Les supliqué que me hablaran de Zoraya, la Rosa de Hiram, la favorita de Alhamar I el Grande, la que, además de ser reina de Granada, hubiera sido destinada por Allah para reinar sobre las huríes de su paraíso: que me revelasen cómo el espíritu del mal había podido filtrarse en su alma...
Con unánime asentimiento fue acogido mi ruego y, en seguida, dos de aquellos amigos, a quienes abrieron paso los demás, dirigiéronse a mí.
El uno representaba el apogeo de la vida, mientras que el otro reflejaba su decrecimiento. Aquél se asemejaba al enhiesto pino de la montaña; pudiera compararse a su compañero con el añoso roble del valle.
La barba del uno era negra y brillante, cual sus negros ojos rasgados, de mirada intensa; los mechones de la del otro y sus luengos cabellos traían a la memoria las escarchas espesas del invierno.
Sostenía el viejo entre las manos un gran libro, abierto por las páginas postreras; en poder del mozo, una guzla (instrumento musical) de cuerdas de oro despedía mágicos fulgores.
El venerable anciano era el intérprete de la Historia; el mozo bizarro el numen de la Poesía.
Me invitaron a tomar asiento en medio de ambos para que escuchase holgadamente la narración que iban a hacerme, alternando, y fue grande mi conmoción al verme tan honrado.
El anciano usó de la palabra el primero: el tiempo y la experiencia daban a su autoridad esta primacía.
Extendiendo su diestra sobre el libro y señalando con el índice los caracteres rojos y negros de una de las páginas, dijo con mesurado acento:

- Dios es grande y omnipotente. Era el más humilde de sus siervos, el poderoso entre los poderosos de la tierra, el Rey entre los Reyes, Alhamar I el Nazarí, Rey de Granada, el bien amado de sus vasallos. Sus guerreros eran tan numerosos como las arenas del desierto y tan valientes como sus leones. Sus tesoros tan inmensos como los que encierran los abismos del mar.
La magnificencia de su corte sobrepujada a las maravillas que se cuentan de las más famosas de la antigüedad. Su alcázar de la Alhambra es obra de los genios inspirados por las huríes del Paraíso.
Los espíritus de la sabiduría constantemente presidían en sus academias y nunca la Justicia se alejaba de los escaños de sus jueces.
Alhamar era feliz. Su pueblo lo veneraba, su sultana favorita lo amaba, sus enemigos le temían y su amigo de la infancia, más que amigo, hermano, correspondía cordialmente a su cariño. Nunca había visto el triste semblante de la desgracia y no pensaba que un día podría encontrarla en el fondo de su corazón.
Alhamar poseía la flor más hermosa del Paraíso: Zoraya. Ella ya no era aquella esclava elevada, a causa del amor, al rango de sultana, sino la inolvidable compañera. Para Alhamar, el amor de Zoraya era más que su vida y su alma: era el emblema de su gloria.
Pero, ¡ah!, la felicidad del hombre es transitoria, ya sea un rey o el más pobre labrador.
El íntimo amigo y compañero de infancia de Alhamar era el cristiano Julián. Había sido esclavo de su padre y se habían criado juntos los dos. Al hacerse hombre, Alhamar le había concedido la libertad.
Y no era el cristiano indigno de tanta merced, pues en su pecho cabían tanto los nobles instintos de la virtud como los impulsos fieros del valor. Lo había probado ampliamente, exponiendo la vida por su señor y amigo en muchas ocasiones.
Pero la mano de la fatalidad pesa sobre el destino de los hombres infinitamente más que la voluntad del genio del bien, y aquélla guió un día a Julián a los jardines reservados de la sultana Zoraya.

Al llegar a este punto, el anciano exhaló un gemido, cerró su libro y se cruzó de brazos. Luego inclinó la barba sobre el pecho y miró al mozo con expresión de inexplicable elocuencia.
Entonces el poeta se irguió y, clavando en el cielo sus ojos de águila, hizo brotar hermosas notas de las cuerdas de su guzla. Comenzó a hablar:

- Rodeada por una corte de flores, presididas por las gentiles rosas de Hiram y los altivos tulipanes de Estambul, yacía la sultana lánguidamente reclinada.
Era más hermosa que la misma aurora. Las trenzas de su negra cabellera acariciaban los claveles y su boca entreabierta mostraba apenas las perlas de los dientes, como el capullo de una rosa descubre, al rayo del sol, las gotas de rocío que ha depositado en su cáliz el alba.
Cuando Julián se acercó, se dio cuenta de que estaba dormida, soñando. Y, confundidas con suspiros, de sus labios salían entrecortadas palabras que, al llegar a oídos del joven, los enajenaron de alegría, no atreviéndose a dar crédito a lo que escuchaba.
- ¡Él nunca sabrá que lo han visto mis ojos una sola vez -decía la sultana- y que desde entonces lo ve siempre mi alma! Pero Alhamar... ¡no, no! ¡Su venganza sería la justicia del cielo! Alhamar es mi señor, mi dueño... ¡Ay, ingrata de mí, que creía amarlo...! ¡No puedo...! ¡Corazón traidor, dime dónde está él!... Su hermosura no se parece a la de los demás hombres... ¡Es un héroe! ¡Oh, si Alhamar adivinara que es por Julián por quien late mi corazón!
Al balbucear el nombre del cristiano, una voz mágica la despertó: ya no soñaba, su amado estaba allí... Fascinado, Julián exclamaba de rodillas, mientras le besaba las manos:
- ¡Te adoro, sultana! ¡Eres la imagen de mis sueños! ¡Perdóname!... ¡Yo también te he visto sólo una vez antes de hoy, pero desde entonces eres la dueña de mi corazón! ¡Gustoso daría la vida por la ventura de este momento!
Zoraya lo contemplaba y escuchaba con asombro e incredulidad, como enajenada. Parecía imposible que Julián estuviera allí y, sin embargo, sus besos aumentaban el fuego de su corazón.
Pero las ilusiones brillan y viven tan brevemente como los relámpagos. Fría y terrible, la realidad despertó de su ensueño a los amantes y cortó sus esperanzas aún antes de que el rey de Granada descubriese su pasión. La noble imagen de éste, a quien los dos debían todo lo que eran, se presentó a su conciencia implacablemente. No obstante, el amor era demasiado fuerte.
Pagando un altísimo precio, compraron la fidelidad de algunos guardianes del harén. Así, al principio, no vieron indicios que les hiciesen temer el descubrimiento de su culpa.
Mas llegó un día en que observaron que la plácida sonrisa que hasta entonces había animado inalterablemente el rostro del monarca había desaparecido y, Zoraya, llena de zozobra, dijo a Julián:
- Hoy no ha venido a verme, y su mirada triste y sombría me infunde espanto.
- A mí no me ha mirado siquiera. ¡Desgraciados de nosotros! -respondió Julián.
- ¡Debemos huir!
- ¡No, amada mía! La fuga sería tu perdición... Quizás Alhamar no tenga aún más que sospechas...
- ¡No! Sé que lo ha descubierto... Huyamos, sin duda está preparando su venganza, aunque sea el más magnánimo de los hombres.
- ¡Sí, es el mejor! No tengo otra salida que quitarme la vida, ya no podría soportar su presencia... y quizás así te salvaré a tí.
Las lágrimas y ruegos de Zoraya lo convencieron de desistir de sus propósitos suicidas.
Pasaron algunos días de terrible ansiedad y angustia. Los amantes no se atrevían a escapar.
Y el silencio de Alhamar era cada vez más sombrío y su tristeza más honda. Hasta que un día, Zoraya se atrevió a preguntarle a qué se debía su estado de ánimo.
- Si tu conciencia no te lo dice -respondió el monarca-, no te impacientes. Ya lo sabrás...
Con la misma tranquilidad con que había pronunciado estas palabras abandonó la estancia, dejando a la joven en una incertidumbre mucho más cruel que la seguridad del castigo.
Más tarde refirió a Julián lo que había sucedido. Lóbregos sentimientos brotaron de su corazón. Creyendo ver en las expresiones de Alhamar la sugerencia de una amenaza, acarició la idea de un crimen, no para salvar su vida, sino la de su amada.
Poco después, guiados sus pasos por aquel atroz propósito, se dirigió a la cámara del rey. Siendo Alhamar tan amado de sus vasallos, no gustaba de guardias aparatosas dentro ni fuera del palacio. Únicamente uno de sus fieles nubios velaba su sueño. Y como éste no ignoraba que Julián tenía entrada en la cámara real a cualquier hora, no sólo no puso ningún reparo a que entrase a despertar al monarca, sino que se retiró respetuosamente de la estancia, dejando solos a los amigos.
Julián dio resuelto los primeros pasos y acariciaba ya con la diestra la empuñadura de su daga, cuando vio el reposo en que yacía Alhamar, cerrados los ojos. Más que nunca resplandecía en su rostro apacible, aunque sombreado por la tristeza, la magnanimidad de su carácter.
Entonces se estremeció ante el criminal pensamiento que había trastornado su corazón. Asesinar a aquel hombre hubiera sido un monstruoso acto, pues era más que un hermano para él.
- ¡Miserable de mí! -gimió con desesperación.
Y sacó su daga, mas no para cometer el asesinato.
En el mismo instante en que Alhamar despertaba y, lleno de sobresalto, fijaba en él sus ojos, se la clavó en su propio pecho y cayó al suelo bañado en sangre.
La herida, aunque no mortal, era tan grave que le hizo perder por completo el conocimiento. Los médicos árabes eran los mejores que había entonces en Europa, y los de la corte granadina garantizaron la vida del joven.
Cuando éste se hubo recuperado, Alhamar ordenó que los dejasen solos, se aproximó a Julián y lo contempló con ojos llenos de piedad. Aguardaba una confesión.
Y bien completa se la hizo Julián, aunque atenuando noblemente todo lo que se refería a Zoraya. Los sollozos apenas le dejaban balbucear las palabras y acabó pidiéndole que lo entregase al verdugo.
- Quiero que vivas -respondió el rey con acento tranquilo.
- ¡No! ¡No! ¡No sería capaz de vivir con este remordimiento y esta vergüenza!
- Te equivocas, Julián. Dejaré vivir a Zoraya y, viviendo ella, tú no querrás morir.
Estas palabras, que revelaban el profundo conocimiento que Alhamar tenía del corazón humano, hicieron enmudecer a Julián.

Llegado a este punto, el relato fue continuado por el intérprete de la historia, que volvió a abrir su libro, mientras el poeta hacía sonar suavemente las cuerdas de oro de su guzla. Dijo el anciano:

- Alhamar perdonó porque su generosidad sobrepujaba a su misma grandeza como rey. Y no solamente perdonó, ahogando los instintos de venganza que aún en el corazón más magnánimo fermentan cuando le ha sido arrebatado lo más amado, sino que a ello unió un acto que las generaciones futuras considerarán incomparable.
Como recuerdo de lo mucho que había amado a Zoraya y a Julián, les hizo construir, por los artífices de la Alhambra, otro palacio maravilloso, lejos de su corte, en la lozana región próxima a la sierra.
- Id -dijo a los amantes, que estaban postrados ante él-. En aquella mansión disfrutaréis de vuestros amores. ¡No permita Allah que el dolor se mezcle en ellos! Pero no volváis a Granada: ¡Jamás volveremos a vernos! Os destierro a un paraíso para que recordéis mi perdón mientras dure vuestra existencia...
Y pronunciada esta sentencia, Alhamar I el Nazarí desapareció por las galerías de la Alhambra."

Fuente: Tradiciones y leyendas españolas, Luciano García del Real, 1898.

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