lunes, 12 de julio de 2010

El templo de Ise, santuario japonés

En Japón existen muchos lugares con antecedentes míticos, pero el lugar más sagrado de la antigua religión sintoísta es la ciudad de Ise en Honshu, no lejos de Kobe y Osaka. Allí hay, en una isla fluvial, un templo, llamado de Ise-jingu, que alberga un enigmático espejo de cristal fabricado por los dioses. Es el símbolo de la autoridad divina del tenno, el emperador japonés de turno. ¿Cómo llegó este objeto a ocupar un lugar tan destacado en una religión oficial? ¿Por qué acuden cada año ocho millones de peregrinos al lugar en que se halla la reliquia?

CAMINO DE LOS DIOSES
La religión ancestral de Japón, el sintoísmo (literalmente, "el camino de los dioses"), se remonta al culto a un gran número de dioses (kami) que habitan en todos los fenómenos de la naturaleza.
En el centro de la mitología se hallan la diosa del sol, Amaterasu (ilustre persona que hace irradiar el cielo) y sus sucesores, que unificaron al pueblo japonés.
El hijo del tataranieto de Amaterasu, Jimmu-tenno, aterrizó directamente del cielo en el sudeste de Kyushu y emprendió un arriesgado viaje de conquista al centro de Japón, donde fundó, en 660 a. de C., el imperio Yamato. De este modo se convirtió en el primero de los 125 tennos, cuya dinastía se mantiene en el trono hasta nuestros días y cuya estirpe se remonta por línea directa hasta la diosa del sol.
El título de tenno (literalmente, ser divino) aparece por primera vez escrito en el año 677 d.C., en una inscripción hallada en colinas sepulcrales de las cercanías de Osaka.

EL ESPEJO CELESTIAL
Cuenta la leyenda que junto con Jimmu-tenno llegó a la tierra un espejo sagrado (Yata no Kagami), que durante muchas generaciones se conservó en el palacio imperial.
En el siglo I a. de C., en la era del 10.º emperador japonés, Sujin-tenno, este símbolo de legitimación imperial fue trasladado por la princesa Mikoro a Kasanuinomura y, finalmente, bajo el reinado del emperador Suinin (4 a. de C.), a la ciudad de Ise, donde se guardó en un santuario erigido en una de las islas del río Isuzu, justo en el lugar en que Amaterasu se apareció por primera vez a los humanos.
Desde el siglo XIX el espejo sagrado, que originalmente sólo podían adorar los miembros de la familia real, puede ser venerado por todos los fieles del sintoísmo, pero ninguno puede verlo jamás.
Por esta razón, desde hace siglos lo cubren sucesivamente de nuevos paños. La única excepción es el propio emperador, que una vez entronizado puede acudir a ver el enigmático espejo divino y tocar el testigo de su divinidad.
Quizá algún día se permita a una comisión científica examinar el artefacto de los dioses, pero de momento lo que vaya a descubrir sigue siendo objeto exclusivo de la fantasía y de la fe.

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