jueves, 3 de junio de 2010

Anecdotario: La mejor recompensa

Hubo un tiempo en que eminentes artistas del mundo no perseguían fama ni fortuna, sino simple y gozosamente, ejercitar con plenitud la tarea para que habían nacido: crear. Así es como muchas obras que nos asombran por su belleza carecen de autor conocido.

Entre ellas, las catedrales de diversos países europeos, en particular las de la época medieval, que pertenecen a una época de intensa fe religiosa, hasta tal punto que dichos monumentos han sido considerados como "oraciones de piedra", es decir que los artistas, al crearlas, elevaban a Dios sus oraciones con elementos materiales en vez de palabras.

Precisamente, uno de los ejemplos más notables de tales monumentos, es la bellísima catedral de San Pablo, erigida en la ciudad de Londres, que guarda en su interior, en una tumba muy modesta, las cenizas del hombre genial que la construyó. La lápida que cubre esa tumba dice apenas: "Si buscas un monumento, mira a tu alrededor".

Profunda lección. Cada hombre -artista o no- vale tan sólo por lo que es capaz de realizar, y legar a sus contemporáneos y a la posteridad. Y si logra añadir un toque de belleza a este nuestro hermoso mundo, ésa, y no otra, será su mejor recompensa.

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