sábado, 6 de febrero de 2010

Locura, ruina y muerte

"Muchos hombres son como los niños, quieren una cosa pero no sus consecuencias." JOSÉ ORTEGA Y GASSET.

El diamante (del griego "adamas", que significa "invencible") es carbono prácticamente puro, ya que contiene menos del 1 de impurezas, se forma en las profundidades de la tierra debido a presiones y temperaturas enormes; se trata de uno de los más conocidos minerales y piedras preciosas.
En la naturaleza sólo es posible hallarlo en estado de aluviones, por lo que un diamante sin tallar puede pasar inadvertido cuando se encuentra entre guijarros de cuarzo o de cristal, en las Indias, isla de Borneo, Montes Urales, Brasil, Australia, y sobre todo en Sudáfrica. En otros lugares, como Zaire y Estados Unidos, pueden hallarse también algunas de estas gemas, pero siendo de calidades inferiores no se utilizan en joyería.
Se presentan bajo forma de pequeños cristales, generalmente incoloros, si bien existen otros de color amarillo, rosa, azul, verde e incluso negro (carbonados). Su peso se mide en quilates (un quilate equivale a 1/5 de gramo), por lo que en una onza (28,35 gramos) hay casi 142 quilates. Mal conductor del calor y de la electricidad, es tan duro -haciendo honor a su nombre-, que no puede ser rayado más que por sí mismo. Su densidad con relación al agua varía entre 3,50 y 3,55.
El diamante es muy refringente, lo que significa que posee la propiedad de desviar fuertemente de su dirección los rayos luminosos que lo atraviesan, lo que produce magníficos juegos de luz, como ninguna otra gema, reflejando prodigiosamente los colores del espectro. El brillo de los diamantes se aumenta mediante unas laboriosas operaciones que constituyen la talla.
Su mayor atractivo es su fulgor y, por poseer algunas de las más famosas piezas, los hombres han mentido, han matado, se han vuelto locos y han corrido extraordinarias aventuras.

EL DIAMANTE AZUL
No se sabe gran cosa de los primeros poseedores del fatídico Diamante Azul (conocido también como "Diamante Hope"). Al parecer, se trataba de una gema azulada extraída del río Kistna (Krishna), nacido en el estado de Bombay (sudoeste de la India) y que desemboca en el Golfo de Bengala, tras un recorrido de 1280 km. El diamante permaneció algún tiempo colocado en la cabeza del ídolo de un templo, hasta que en el siglo XV fue robado, al parecer, por uno de los sacerdotes del mismo, quien fue sorprendido y ejecutado tras atroces suplicios.
Tampoco está muy claro cómo fue a parar a manos del aventurero francés Jean Baptiste Tavernier, que en 1642 lo vendió al monarca Luis XIV de Francia, quien ordenó tallarlo nuevamente, quedando transformado en una pieza de 67,5 quilates en lugar de los 112,5 que tenía anteriormente. No tardaría el soberano en descubrir que había hecho una inquietante compra. Casado en 1659 con María Teresa de España, fueron célebres y varias sus amantes, entre ellas Françoise d'Aubigné, marquesa de Maintenon, con la que el "Rey Sol" se había casado "secretamente" en 1685, matrimonio poco afortunado y que contribuyó en mucho a amargar los últimos años del rey, quien por si fuera poco vio desaparecer sucesivamente a casi todos sus familiares más allegados, entre ellos su nieto el duque Luis de Borgoña, siendo sucedido a su muerte (abandonado y enfermo, mientras su imperio se descomponía entre derrotas militares y crisis financieras), el 1 de septiembre de 1715, por su biznieto, el futuro Luis XV, que entonces sólo contaba con cinco años.
Pero el maleficio no alcanzó solamente al soberano y a sus familiares, el personaje que lo vendió se enriqueció hasta el punto de adquirir propiedades e incluso un título nobiliario, pero su hijo contrajo tales deudas que no tardó en arruinarse. Para intentar rehacer su fortuna, Tavernier regresó a la India, donde murió trágicamente, devorado por las fieras.
Uno de los personajes más importantes de la corte del "Rey Sol", Nicholas Fouquet, vizconde de Melun y de Vaux, marqués de Belle-Isle, y superintendente de finanzas (1653), no tuvo mejor idea que la de tomar prestada la gema para acudir a un baile. Se había enriquecido con fondos del Estado, construyéndose un castillo en Vaux. A instancias de su ministro Colbert, Luis XIV le hizo detener en 1661, acusado de desfalco. En el juicio no pudieron ser probadas claramente tales malversaciones, pero fue condenado a cadena perpetua, muriendo en el Castillo de Pignerol en 1680.
El "Diamante Azul" pasó a Luis XVI, sobre cuyo reinado no me extenderé, por ser abundante en hechos desafortunados, que culminarían con la Revolución Francesa.
Durante varios años el paradero de esta piedra preciosa dio origen a diversas leyendas. Un joyero francés llamado Jacques Celot, obsesionado por su belleza, se volvió loco y se suicidó al no poder adquirirlo. El príncipe ruso Iván Kanitoski lo regaló a su amante francesa, a la que -por una cuestión de celos- mató de un tiro, pero él sería poco después apuñalado. Se dijo, tal vez sin fundamento, que Catalina la Grande llevó puesta esta joya poco antes de su muerte (1796).
Algunos años después se vio en Londres un diamante de características similares en manos del holandés Hendrik Fals, tras haberlo robado a su padre, un conocido joyero que lo había tallado hasta darle la forma actual, y que se suicidó al perderlo. La gema -en caso de tratarse de la misma- quedó reducida de 67,5 quilates a los 44,5 que actualmente tiene.
Hacia 1830 un banquero irlandés llamado Henry Hope lo adquirió por la no muy elevada cantidad de 30.000 libras, dándole su actual nombre. Su nieto murió arruinado y casi en la miseria.
Otros poseedores de la joya no tuvieron mejor suerte. En 1908, Simón Montharides lo vendió por 400.000 dólares al sultán turco Abd al-Hamid, quien lo regaló a su favorita, matándola de una puñalada poco tiempo después. Al año siguiente, el partido de los "Jóvenes Turcos" inició una revolución que le obligó a abandonar el trono e instauró un régimen constitucional; poco antes, Montharides y sus familiares murieron en un desafortunado y extraño accidente.
Por mediación del célebre joyero Cartier, el Hope llegó a Estados Unidos, siendo adquirido en 1911 por el magnate de Washington, Ed McLean, quien pagó sólo 154.000 dólares. En los años siguientes, la desgracia, el maleficio o lo que fuera pareció ensañarse con aquella familia: su hijo menor Vincent murió atropellado por un automóvil; el propio McLean se arruinó y acabó sus días internado en un sanatorio psiquiátrico; su esposa Evelyn se hizo morfinómana y su hija murió en 1946, por una sobredosis de somníferos, al igual que años más tarde le ocurriría a una de sus nietas.
La gema fue vendida por los herederos de Ed McLean al joyero Harry Winston, quien acabó cediéndola al Smithsonian Institution (1958), y desde entonces puede admirarse en su Sala de Joyas, sin que hasta el momento, se le haya podido atribuir ninguna nueva desgracia... ¿Poderes maléficos?... ¿Infortunio?... ¿Casualidad?... Hay quien dice que no existen las casualidades... Que cada cual saque sus propias conclusiones...

2 comentarios:

CALISTOR dijo...

Si ese Diamante pudiera hablar. Gracias a dios peliculas como Diamantes de Sangre y la campaña por frenar un poco el comercio de piedras preciosas, parece haber calmado un poco esta locura.
Un diamante es para siempre no cabe duda.... bonita historia.
Un abrazo Noelia

Noelia dijo...

Es sorprendente ver cómo algunos de sus propietarios prefirieron morir en la ruina antes que deshacerse del diamante.

Un abrazo y feliz domingo, Calistor :)

:)) w-) :-j :D ;) :p :_( :) :( :X =(( :-o :-/ :-* :| :-T :] x( o% b-( :-L @X =)) :-? :-h I-)

Publicar un comentario

 
Ir Arriba
© 2009 Template Blogger design by: Noelia Gracias sobre todo a:El Blog de Pepe