lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Algo más que casualidades? I

El San Francisco Chronicle, el 28 de julio de 1977, en su primera página mencionaba al ciudadano Mike Maryn, al que al parecer, le acosa la mala suerte, ya que hasta aquel momento, y en muy poco tiempo, había sido atracado... ¡nada menos que 83 veces! y otras 4 le habían robado su automóvil. Mr. Maryn no posee ningún negocio que incite al delito, ni tampoco ejerce profesión que suponga el llevar consigo elevadas sumas de dinero u objetos de gran valor. Ante las insistentes preguntas de la policía, el buen hombre afirmaba no tener idea de cómo podían ocurrirle todas aquellas contrariedades.

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Nos hallamos en los últimos días de mayo de 1864, en plena Guerra de Secesión, en el curso de la feroz batalla de Spotsylvania, que duró 10 días y en la que las tropas federales obtuvieron la victoria a costa de muchas pérdidas, pero que les despejó el camino hasta Richmond. Un buen día... mejor dicho, un mal día el general nordista John Sedgwick tiene la ocurrencia de asomar la cabeza por encima de los sacos de tierra de un parapeto, mientras comenta: Estos malditos rebeldes no saben disparar. ¿Por qué tiran desde tan lejos?... ¡Qué forma de desperdiciar munición! Desde esta distancia no podrían darle ni a un elefante...
¿Mala suerte?... ¿Buena puntería del fusilero confederado?... ¿Casualidad?... Sencillamente, ¿no pudo elegir el general Sedgwick "el lugar menos apropiado en el momento menos apropiado"...?

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El 21 de julio de 1798, Joaquín Murat, a la sazón general de brigada (aún no se había casado con Carolina, hermana de Napoleón), resultó herido en la batalla de las Pirámides. Una bala le alcanzó justamente bajo una oreja, para salir por la otra.
El 28 de octubre de 1916, otro francés, también llamado Joaquín Murat y natural de la misma región que el cuñado de Bonaparte, recibía durante un combate en Monastir (República de Macedonia) un impacto de bala que atravesó la cabeza, penetrando por la oreja izquierda y saliendo -sin interesar órgano vital- por la derecha. La única secuela fue una bastante soportable sordera.

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El 5 de diciembre de 1664, durante su travesía por el Estrecho de Menay, en el Mar de Irlanda (aguas de Caernavon), un barco naufraga, a consecuencia de una tempestad, y de los 70 pasajeros que van a bordo sólo uno sobrevive, su nombre, Hugh Williams. El 5 de diciembre de 1785 se produce un naufragio -en circunstancias similares- en el mismo sitio. Y, nuevamente se salva una sola persona, se llamaba Hugh Williams. El 5 de agosto de 1820, naufraga un velero en las mismas aguas; de las 24 personas que iban a bordo, sólo es rescatado con vida... un sujeto llamado Hugh Williams.

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El viernes 14 de abril de 1865, Robert Todd Lincoln, hijo del presidente Abraham Lincoln, se convertía muy a su pesar en testigo del asesinato de su padre durante una representación en el Teatro Ford de Washington. El presidente James A. Garfield es víctima de un atentado en la estación de ferrocarril Baltimore-Potomac, de Washington, mientras aguardaba el tren que le llevaría a New Jersey para tomarse unos días de descanso; al disponerse a tomar el tren, el sábado 2 de julio de 1881, fue asesinado. Curiosamente, Robert T. Lincoln figura entre los más destacados testigos del magnicidio. Garfield luchó durante algún tiempo entre la vida y la muerte, pero falleció en una clínica de Elberon (New Jersey) el 19 de septiembre.
En septiembre de 1901, el presidente William McKinley se había trasladado a Buffalo (Nueva York) para visitar la Exposición Panamericana. El día 6 (viernes) se daba una recepción en su honor en el "Templo de la Música", cuando fue objeto de un atentado; entre los más próximos espectadores del hecho figuraba también Robert T. Lincoln. McKinley permaneció en estado muy grave, hasta el anochecer del 13, en que pronunció sus últimas palabras: Si no fuese por Ida (su esposa), me hubiese gustado marcharme como Lincoln...
Aparte de la presencia del primogénito de Abraham Lincoln, cabe destacar que los atentados se cometieron en viernes (los de Lincoln y McKinley) y el de Garfield en sábado (a las 9:30 de la mañana), y que los asesinos en todos los casos: John Wilkes Booth, actor fracasado de segunda fila; Charles J. Guiteau, abogado sin apenas pleitos, y el anarquista Leo F. Czolgosz eran personas resentidas, despechadas y, en todo caso, víctimas de desequilibrios psíquicos.

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El mercante británico Saxilby se fue a pique, mientras cruzaba el Atlántico en el invierno de 1933 y no quedaron supervivientes. En 1936, una caja metálica arrojada -sin duda- por el oleaje fue encontrada sobre una playa de guijarros muy próxima a la aldea de Aberavon (cerca de Swansea), País de Gales. En su interior fue hallado, aún legible, un mensaje garabateado por uno de los marineros del infortunado mercante:

S. S. Saxilby. Nos hundimos frente a las costas de Irlanda. Pienso en mi hermana, en mis hermanos y en Dinah. Joe O.


Los familiares del marinero Joe Okane vivían en aquella aldea.

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